Los líderes políticos y religiosos de Irlanda del Norte han podido comprobar en las primeras horas de este miércoles, cuando todavía no se han apagado los rescoldos de una prolongada noche de violencia en Belfast y otras partes del territorio, que sus llamadas a la calma han sido inútiles. Coches, autobuses, cabinas telefónicas y contenedores incendiados. Viviendas donde residen supuestos inmigrantes o simplemente personas de alguna minoría étnica completamente en llamas, después de que grupos de violentos las escogieran como objetivos que debían ser “liberados”. La chispa había saltado con el intento de decapitación con un cuchillo de cocina, en la noche del lunes, por parte de un hombre de 30 años de origen sudanés, de un vecino del norte de Belfast de unos 40 años.
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