Aunque le tenía mucho miedo a la muerte, Pello Ruiz Cabestany sobrevivió a la adolescencia. Durante la Guerra Fría, calculaba el alcance de una hipotética explosión atómica que, también era mala suerte, alcanzaba justo hasta Irún. Cuando viajaba en el coche del seleccionador de la Federación Guipuzcoana de Ciclismo, se ponía en el asiento trasero porque pensaba que ahí tenía más posibilidades de sobrevivir —o menos de morir— en caso de accidente. Hortensio, el seleccionador, conducía tan deprisa que los cuatro chicos que lo acompañaban en los viajes repetían la expresión “pío, pío, pío” cada vez que se sentían en riesgo: no querían que, en caso de fatal accidente, nadie pudiera decir que habían muerto sin decir ni pío.
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