Hace tres semanas que no sé quién soy. El 20 de septiembre por la tarde el árbitro pitó el final del partido y también el de la Liga hasta nueva orden. Fue entonces cuando comenzó el vacío. Desde ese día he continuado avanzando como se avanza por la monotonía de los actos cotidianos que se suponen correctos: sin pena ni gloria. Hice lo que se supone que había que hacer —trabajar, comer, dormir— y no fue suficiente para estar bien ni para estar mal. La monotonía es como el arnés para un funambulista que camina sobre el alambre: te da la seguridad de que no vas a morir en el intento pero no te enseña nada sobre ti mismo. Solo en la posibilidad de caer al vacío está su verdadera razón de ser.
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