El fútbol se muere ante el silencio sepulcral de los jugadores, también de la mayoría de entrenadores, la complacencia de la prensa y el visto bueno de los aficionados que todavía pueden ir al campo, espectadores que a menudo poco tienen que ver con los seguidores de toda la vida, especialmente en Europa y Latinoamérica. No es que el fútbol vaya a desaparecer, sino que cada vez se juega de manera diferente, más americanizada que nunca, como si fuera un deporte susceptible de adaptación a las reglas del béisbol, la NBA o la NFL.
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