La historia empezó mal, imposible negarlo. Un Mundial en los EE UU de Donald Trump dividido en tres sedes. Centros comerciales convertidos en estadios. Una infinidad de partidos intrascendentes, goleadas absurdas. Un hedor a corrupción, a pollo frito y a hamburguesa descongelada en la parrilla más intenso que nunca. Italia, otra vez fuera. Pero como ocurre siempre con los asuntos del corazón, el balón comenzó a rodar y la serotonina y algunos elementos inesperados terminaron convirtiendo esta Copa del Mundo en un asunto bastante divertido y altamente didáctico en cuestiones geopolíticas para los habitantes del futuro. Al final, no nos engañemos, nos gusta demasiado esto como para empeñarnos en boicotear cuatro placeres culpables que quedan.
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